En este artículo vamos a analizar cómo se expresa la penetración del imperialismo en nuestro país y cómo afecta a nuestra formación económico-social. Ello debemos enmarcarlo a fines del siglo XIX e inicios del siglo XX.
Para entender el proceso de formación económico-social del país a inicios del siglo pasado es menester ubicar el contexto mundial dentro del cual se desenvuelve y éste es el de la expansión colonial imperialista sobre el mundo: África, Asia, Oceanía, Latinoamérica. La expansión de los monopolios por el orbe llevando el capitalismo a lugares inimaginados, generando mayor explotación y pobreza a los países oprimidos como el nuestro. A su vez entender también el contexto de la “paz armada”, esa carrera armamentista de las potencias europeas que van preparando las condiciones para el futuro estallido de la primera guerra mundial.
El imperialismo, como lo definiera Lenin, es la última fase del capitalismo o su fase superior, caracterizado por tres rasgos fundamentales: monopolista, parasitario y agonizante.
Entendemos el carácter monopolista del imperialismo, el cual va concentrando los capitales y la producción en pocas empresas, formando consorcios capitalistas como el trust, holding, cartel, etc.; eliminando toda libre competencia, destruyendo a las pequeñas y medianas empresas, y acaparando todos los mercados. Esa lucha permanente entre los monopolios y el reparto de los mercados, nos llevará a las dos guerras mundiales que tanta destrucción han generado.
Es parasitario porque ya no tiene como mira principal el desarrollo de las fuerzas productivas entre ellas el conocimiento; sino que vive absorbiendo, extrayendo, las fuentes de recursos naturales en naciones oprimidas, como el caso del petróleo y los minerales. Ello no escapa a nuestro país que ve cada día más espoliada sus recursos naturales bajo la forma de enclaves. Con ello se asegura también una mano de obra baratísima. Así mismo estos monopolistas expresan sus luchas económicas en las bolsas de valores, por quitarse las riquezas y especulando con inversiones en futuros mercados por conquistar, originando cada vez crisis mucho más fuertes.
Agonizante porque no puede proponer una salida a los problemas del hambre y miseria que hay en el mundo. Por lo contrario, su misma existencia es la que genera, mantiene y ahonda los grandes problemas que vemos hoy a nivel mundial, como el desempleo, las guerras de agresión, la explotación, la prostitución, etc. Es un obstáculo al progreso social, y ello se refleja en las crisis constantes que se expresan como la de estos últimos seis años -la más grande y grave- que, aún cuando ya terminó, demuestra la proximidad de su inminente caída.
Al respecto hay que precisar cómo opera el Imperialismo en países oprimidos como los nuestros. Aquí el imperialismo -sobre una base económica feudal heredada de la colonia- nos impone un capitalismo atrasado, cuya principal actividad no estará orientado al desarrollo de nuestras fuerzas productivas, al desarrollo nacional; sino al simple manejo, administración y cuidado de sus inversiones de capital, es decir un capitalismo burocrático, atado a la feudalidad, que sólo buscará acrecentar las ganancias de los imperialistas y de la burguesía de la cual se sirve en el Perú. Esto es, de la gran burguesía, intermediaria del gran capital, generando una explotación despiadada sobre nuestra población. Así se nos impone un capitalismo burocrático, que sin lugar a dudas, afianza nuestra subordinación hacia las potencias, convirtiendo en ese contexto a nuestra sociedad en semifeudal y semicolonial.
El imperialismo, como lo definiera Lenin, es la última fase del capitalismo o su fase superior, caracterizado por tres rasgos fundamentales: monopolista, parasitario y agonizante.
Entendemos el carácter monopolista del imperialismo, el cual va concentrando los capitales y la producción en pocas empresas, formando consorcios capitalistas como el trust, holding, cartel, etc.; eliminando toda libre competencia, destruyendo a las pequeñas y medianas empresas, y acaparando todos los mercados. Esa lucha permanente entre los monopolios y el reparto de los mercados, nos llevará a las dos guerras mundiales que tanta destrucción han generado.
Es parasitario porque ya no tiene como mira principal el desarrollo de las fuerzas productivas entre ellas el conocimiento; sino que vive absorbiendo, extrayendo, las fuentes de recursos naturales en naciones oprimidas, como el caso del petróleo y los minerales. Ello no escapa a nuestro país que ve cada día más espoliada sus recursos naturales bajo la forma de enclaves. Con ello se asegura también una mano de obra baratísima. Así mismo estos monopolistas expresan sus luchas económicas en las bolsas de valores, por quitarse las riquezas y especulando con inversiones en futuros mercados por conquistar, originando cada vez crisis mucho más fuertes.
Agonizante porque no puede proponer una salida a los problemas del hambre y miseria que hay en el mundo. Por lo contrario, su misma existencia es la que genera, mantiene y ahonda los grandes problemas que vemos hoy a nivel mundial, como el desempleo, las guerras de agresión, la explotación, la prostitución, etc. Es un obstáculo al progreso social, y ello se refleja en las crisis constantes que se expresan como la de estos últimos seis años -la más grande y grave- que, aún cuando ya terminó, demuestra la proximidad de su inminente caída.
Al respecto hay que precisar cómo opera el Imperialismo en países oprimidos como los nuestros. Aquí el imperialismo -sobre una base económica feudal heredada de la colonia- nos impone un capitalismo atrasado, cuya principal actividad no estará orientado al desarrollo de nuestras fuerzas productivas, al desarrollo nacional; sino al simple manejo, administración y cuidado de sus inversiones de capital, es decir un capitalismo burocrático, atado a la feudalidad, que sólo buscará acrecentar las ganancias de los imperialistas y de la burguesía de la cual se sirve en el Perú. Esto es, de la gran burguesía, intermediaria del gran capital, generando una explotación despiadada sobre nuestra población. Así se nos impone un capitalismo burocrático, que sin lugar a dudas, afianza nuestra subordinación hacia las potencias, convirtiendo en ese contexto a nuestra sociedad en semifeudal y semicolonial.
Sin duda la penetración imperialista en el Perú y el capitalismo burocrático que trae, va generar contradicciones con la antigua forma feudal-latifundista de economía; cuya clase social -la aristocracia terrateniente, los gamonales, propietarios de haciendas provenientes de la colonia- van a oponerse en muchos casos a esa penetración. Esto en parte por que dicha penetración imperialista obligaría a cambiar paulatinamente las relaciones de producción en el campo demandando mano de obra asalariada, en detrimento de la servidumbre feudal que campeaba en la sierra; y ello no les convenía a los hacendados porque disminuía sus ganancias. Estas contradicciones se harán patente en toda la primera mitad del siglo XX, y se expresarán en golpes de Estado, gobiernos inestables, anarquía, etc.; para al final dejar ya en el mando absoluto del Estado a la gran burguesía aliada del imperialismo.
Dentro del conjunto de potencias imperialistas que luchan por el reparto de mercados, será la inglesa quien tome las riendas de la mayor parte de los mercados mundiales a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Alemania y Estados Unidos, nuevas potencias imperialistas que le pisaban los talones, la desplazarán poco a poco, y la futura 1era guerra mundial constituirá un nuevo reacomodo de poderes a nivel mundial.
En nuestro país la penetración mercantil inglesa ya se expresaba desde la misma emancipación cuando apoyó financiera y logísticamente a las campañas libertadoras, especialmente de Bolívar. En la época del guano con Castilla también se manifestaba a través de la casa Gibbs; en aquellos momentos su desarrollo económico operaba sobre una política librecambista y de consignaciones con el Estado para la extracción y venta del principal recurso de la época: el guano.
Pero es después de la guerra del guano y salitre o guerra con Chile (1879-1883), en donde Inglaterra se va a apoderar totalmente de nuestra economía, a la sazón, destruida por la guerra, y en este caso ya con una política monopólica. A partir del contrato Grace (1888) sentarán las bases legales para su incursión y en el gobierno de Piérola hará su ingreso bajo la forma de inversiones, bancos y enclaves.
A partir de la llamada República Aristocrática, con el gobierno de Nicolás de Piérola (1895-1899) se instalan bancos (Popular, Italiano, Internacional), y fábricas, especialmente de tejidos en Vitarte, se reforma la moneda creándose la libra peruana para adaptarse a la moneda inglesa, se establecen enclaves como el petróleo en manos de la Lomdon Pacific, el caucho, los minerales, etc. Se fomenta el desarrollo agro exportador en la costa con mayor inversión de capital en los ingenios azucareros; se ahonda en el control de nuestras materias primas como nunca antes visto. De esta manera el Perú se inserta en el nuevo orden imperialista como país primario exportador con mano de obra barata y una clase política sumisa al gran capital: el civilismo.
Sin embargo, esa penetración capitalista va ir generando al proletariado, la clase obrera peruana, quien se concentrará específicamente en las ciudades del país, dónde se instalarán algunas fábricas. Mientras en el campo la masa campesina seguirá sometida a formas feudales de explotación bajo el mando de los gamonales. Así, las dos principales clases populares se encontrarán poco a poco, a medida que la expansión imperialista haga necesaria su penetración en nuestra serranía para la extracción de las materias primas. Y así también como la crisis de la agricultura feudal traiga como consecuencia la presencia de masas provenientes del campo hacia las ciudades para el trabajo en las fábricas. Poco a poco, merced a la lucha de clases, se abrirá terreno para nuevas ideologías y planteamientos políticos que reflejen el sentir, las necesidades de las clases populares como el anarquismo, sindicalismo, indigenismo y, posteriormente, el aprismo y el socialismo.
Así pues vemos cómo el imperialismo ingresa a dominar nuestra estructura económica, y cómo a partir de ahí la superestructura política y las formas de ideología y cultura estarán teñidas por la dominación monopolista. Esto establece y mantiene la contradicción imperialismo-naciones oprimidas, que demanda a nuestros pueblos luchar contra esa dominación y emancipar completamente a nuestras naciones.